Alguien escribió alguna vez que las barras de los bares son el puerto al que van a varar su soledad las almas errantes. Varadas en ese puerto, muchas de esas almas rumian la historia de su vida y sienten cómo las heridas de ayer se resisten a cicatrizar y, en mayor o menor medida, siguen sangrando. Es en la barra de los bares donde muchas de esas almas, azuzadas por la cerveza o el gin-tonic, recuerdan a las mujeres a las que se amó sin esperanza alguna de poder conquistarlas, estrellas lejanas de universos distantes, utopías de carne y hueso que inspiraban frenéticos arrebatos masturbatorios y que perviven en el tiempo con el fulgor imperecedero de los sueños imposibles.

Es también ahí, en la barra de los bares, donde, espoleados por el whisky o el cubata de ron, los hombres solitarios recuerdan a las mujeres que, habiéndolos bendecido con el cálido roce de su piel y el abrazo lava de su vientre, accedieron a iniciar una relación que duró lo que dura un chaparrón en primavera, apenas nada, tal vez solo lo justo para dejar en la memoria de ese hombre un recuerdo imborrable y para sembrar en su alma y por siempre jamás la semilla de la melancolía.

Es en la barra de los bares donde algunos hombres recuerdan a la mujer que, habiéndoles puesto la vida patas arriba, marcharon un día dejando tras de sí un territorio desolado y humeante, un Hiroshima en el que solo acabó por enraizar el miedo a volver a sufrir eso a lo que se llama mal de amores. Refugiados en la barra de los bares o parapetados en la soledad de sus casas, esos hombres que un día fueron desahuciados por el amor o que sintieron cómo éste era arrasado por la rutina y el día a día, sueñan vidas vividas junto a la mujer perfecta, aventuras en las que puedan disfrutar de todos los placeres que lleva consigo la relación con una mujer pero sin el riesgo que siempre conlleva la convivencia y la implicación emocional.

Y es que esos hombres pueden renunciar a muchas cosas, pero no pueden renunciar al deseo. No pueden renunciar al placer de sentir en su piel el cálido roce de una piel femenina. No pueden ni quieren abjurar de la embriagadora experiencia de estar junto a una mujer guapa y simpática, inteligente y elegante, sensual y prometedoramente lujuriosa. Y es en ello en lo que piensan en la soledad de sus hogares o en esa otra soledad no menos desoladora de la barra del bar esos hombres que, románticos en el fondo y sabedores de que el amor está lleno de espinas, quieren saborear su pulpa más carnal sin resultar heridos, sin volver a sufrir la dentellada que, en ocasiones, el amor propina.

Algunos de esos hombres acaban hundiéndose en un océano de soledad sin fisuras. Otros, más avispados o más afortunados, descubren por sí mismos (o acaso por referencias de otros hombres más sabios o expertos) la cura de sus males. Son estos hombres los que un día vislumbran que lo que ellos necesitaban para escapar a las garras de la soledad y, en cierta medida, de la falta de autoestima, era una escort, una acompañante de lujo, una call-girl, una mujer que no solo les va a proporcionar sexo sin inhibiciones ni tabúes, sino que les va a suministrar también ese trato amable, dulce, inteligente y cariñoso que ellos tanto valoraron en sus primeros amores.

Estos hombres, románticos en el fondo, encontrarán en las señoritas de compañía conversación, saber estar, belleza desprovista de espinas, sensualidad que se brinda sin trampa ni cartón, sexo practicado por el placer de gozar, besos que se desbordarán siempre nuevos y siempre frescos sin que los amustien la rutina o las preocupaciones de la vida compartida.

Las prostitutas de lujo, sean independientes o lo sean de agencia, sean rubias, pelirrojas, castañas o morenas; sean de piel blanca, de piel canela o de piel achocolatada o negra; estén recién llegadas al mundo del acompañamiento erótico o sean expertas ya en sus técnicas, son para estos hombres la materialización perfecta de sus sueños, la sirena que les va a sacar de ese falso puerto en el que se han parapetado para conducirles a un océano de sensaciones tan inagotables como placenteras.

Una escort de lujo proporcionará a estos hombres resabiados del amor y sus peligros lo que ellos más añoran de sus viejas relaciones. Estos hombres volverán a sentir de nuevo, con una call-girl entre sus brazos, el pálpito arrebatador del deseo. Y lo sentirán, sin duda, multiplicado por mil. Y es que las señoritas de compañía, además de preparadas, cariñosas, simpáticas y dulces, son terriblemente guapas, adorablemente sexys, absolutamente irresistibles. La escort, honrando a su oficio y con ello a todas las mujeres que, desde que el mundo es mundo, han dedicado su tiempo al noble arte de dar y recibir placer, sabrá crear en todo momento, bien sea en su propio apartamento, bien en un cuarto de hotel o el domicilio mismo de ese hombre que ha recurrido a ella para gozar de su exclusivo catálogo de servicios eróticos, el ambiente propicio para que ese hombre resabiado y temeroso olvide todos sus miedos y todas sus inseguridades y, envuelto en un halo de sensualidad y dulzura, se olvide de todo lo que no sea gozar.

Después, cuando la cita haya finalizado y la chica de compañía se haya despedido con un último beso, el hombre que tanto temía el volver a relacionarse con mujeres se sentirá renacido y sabrá que, desde ese mismo instante, su vida tendrá otro sentido. Mucho más placentero, sin duda alguna. Mucho más feliz.

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